por Francisco Antonio Hernández Ortiz
Aquí en México siempre hemos vivido entre cadáveres. Con o sin pandemia, la muerte forma parte de la cotidianidad mexicana, y no porque sea el único país donde se mueren personas, sino por la idiosincrasia de la gente. Nos parece común ver en las noticias cualquier cantidad de personas asesinadas, decapitadas o desmembradas porque así es México, un país que jamás ha sido ajeno a la violencia, a la lucha, a estar en guerra contra sí mismo.
Debido a
lo anterior, no creí que realmente las personas acataran las sugerencias del
gobierno, y si uso la palabra sugerir es porque se consideró innecesario
declarar un estado de excepción por la pandemia. No me considero capaz de dar
una opinión al respecto debido a que me falta información que supongo que el
gobierno tiene, pero sí es exagerado pedir que se suspendan las garantías
individuales para golpear a todo el individuo que abandonase su hogar. Casi la
mitad de la población mexicana vive en pobreza según el coneval, no le puedes pedir a la gente que se quede en casa
a morir de inanición, porque no tienen ingresos, para que no muera de Covid-19.
Ese
porcentaje de la población sale invariablemente de su casa en cuarentena, los
que si no trabajan se mueren de hambre. Por otra parte, están aquellos que piensan de algo se
tiene que morir uno para justificarse y salir. Son unos irresponsables, de
eso no hay duda, pero esa es la idiosincrasia mexicana todo su esplendor. Todo el tiempo
estamos en peligro de morir, y no me refiero a un fallecimiento natural, sino
violento. Incluso al día de hoy, en plena cuarentena, más gente muere asesinada
que por Covid-19. Es decir, es más probable que una persona te mate a que mueras
por el coronavirus si sales de casa.
Ahora,
sabiendo que un organismo microscópico puede hacer que en días tus pulmones
comiencen a inflamarse, hasta inevitablemente colapsar, y el dichoso organismo
está al cruzar la puerta principal de tu casa, resulta inevitable no sentir
presión y estrés. Y si le sumamos ser estudiante universitario, los cuales tienden a tener trastornos de
ansiedad y depresión, es la fórmula perfecta para un desastre emocional.
Dejando
momentáneamente de lado la situación general y pasando a hablar personalmente,
me han diagnosticado un trastorno de ansiedad el cual he tenido que aprender a
manejar a lo largo del último lustro. Es complicado, pero se puede vivir sin
tantos problemas como se creería si te conoces lo suficiente. El asunto es que,
por mucho que me conozcas, jamás creí que tendría que aprender a manejar mi ansiedad
en una cuarentena. No voy a decir que era difícil hacerlo mientras aún iba a la
universidad, pero había días buenos y otros muy malos en donde la ansiedad
social me hacía difícil siquiera entrar en el salón de clases donde apenas
había quince almas.
Por ese
lado, la cuarentena me sirvió como descanso; no obstante, después de estar
encerrado cuarenta días, los estragos empezaron a verse. La irritabilidad
subió, aunado a un insomnio terrible que conllevó a dormir por el día y estar
despierto en las noches durante semanas. El propio estrés generaba más estrés y
era un ciclo interminable, y aún lo es. Y para terminar, las fechas límites no
ayudan en absoluto a mantener una calma generalizada.
En algún
momento me pregunté cómo la estarían pasando los otros estudiantes en la
pandemia, así que me di a la tarea de hacer un cuestionario que sirviese un
poco como una entrevista, pues les exhorté a contestarla a través de un audio
de la manera más espontánea posible. De las siete personas a las que mandé las
preguntas únicamente una sola me las contestó de un modo escrito, las demás
fueron por audio.
Si bien no
es mala la idea poner en papel nuestras ideas, la expresión oral tiene virtudes
comunicativas como el tono de voz, la elección de las palabras, la rapidez con
que se habla de ciertos temas, qué tanto se ahonda en uno u otro y demás.
Debido a esto es que se les pidió el audio a los que representarán a la
población estudiantil en este escrito: los siete entrevistados y yo. Procuré
que no hubiera personas que estudiasen lo mismo para tener un sondeo, si bien
totalmente inexacto, un tanto representativo sobre la realidad que vivimos los
estudiantes en la pandemia.
La
población está compuesta por: un estudiante de licenciatura en Medicina General
de sexto semestre de la Universidad de Durango, una estudiante de licenciatura
en Innovación de Negocios y Mercadotecnia en la Universidad Tecnológica de
Coahuila, una estudiante de licenciatura, que pidió que no especificara cuál, en
la Universidad Autónoma de Coahuila, una estudiante de licenciatura en
Criminología y Criminalística en la Universidad Vizcaya de las Américas, una
estudiante de Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México y dos
estudiantes de grado en Comunicación Audiovisual con Título Propio de Experto
en Fotografía Digital en la Universidad Francisco de Vitoria y yo, que soy
estudiante de licenciatura en Letras Españolas en la Universidad Autónoma de
Coahuila.
La primera
pregunta fue si creían que el virus iba a ser únicamente un problema asiático,
y la mayoría me contestó que sí. Inclusive hubo quienes dijeron que no le
estaban prestando realmente atención. Quienes sí creyeron que iba a ser una
problemática a nivel global fuimos únicamente dos personas. De cualquier modo,
nadie pensó que iba a afectar de una manera tan directa en cada una de nuestras
vidas. En el mejor de los casos, se creía de un impacto indirecto en nuestra
cotidianidad, como faltar un mes a clases o algo por el estilo.
Varias
personas que forman la población mencionada me comentaron que tienen menguada
la salud mental por trastornos previamente diagnosticados. Por dar un ejemplo,
una persona tiene trastorno ansioso depresivo, aunque por respeto a su
privacidad no especificaré quien. Estas personas actuamos de manera más precavida,
aunque bien pudo ser en un inició un tanto de paranoia mezclado con alarmismo,
al conocer que se había detectado el primer caso en el país. Las demás,
exceptuando el estudiante de medicina, que no tiene ninguna condición que mengüe
su salud mental, realmente lo tomaron como algo sin importancia.
Antes
hablé sobre faltar un mes a clases, lo cual muchos creyeron que sería así. Particularmente
una de las estudiantes de España dijo: “cuando dieron la noticia de
confinamiento por dos semanas pensé que iban a ser sólo dos semanas”. La mayor
parte creyó que serían vacaciones de Semana Santa extras, lo cual considero que
fue porque el Secretario de Educación, Esteban Moctezuma, dijo la primera vez
que se avisó de la Jornada Nacional de Sana Distancia que iban a “adelantar las
vacaciones”. Realmente, las personas se lo comenzaron a tomar en serio después
de la primera prórroga de la cuarentena.
Cuando comenzó
la jnsd algunos de los estudiantes
empezamos de inmediato con clases en línea, lo cual lleva al cuestionamiento de
si realmente tenían el material necesario para poder llevar las clases así. Me
fui con la inercia de creer que los que estamos en escuela pública íbamos a ser
los que batalláramos con la situación en línea, y a pesar de que sí es así,
también una de las estudiantes de Comunicación Audiovisual tuvo
bastantes problemas técnicos a la hora de intentar tomar las clases. Al momento
de utilizar la plataforma Blackboard le era imposible mantener la cámara, el
audio y el micrófono encendidos al unísono, sólo podía usar uno a la vez. No
obstante, con la aplicación Zoom no sucedía así, esto, más que una mala
conexión de internet, remite a la optimización que tiene Blackboard, pues
posiblemente utilice más recursos de lo que la laptop en cuestión tenía,
haciendo que fuese, según sus palabras, “una completa odisea tomar clases en
línea”.
Y aquí
hago un paréntesis para obviar lo obvio, pero lo considero necesario: la
tecnología es costosa y envejece pronto. Una laptop decente cuesta, cuando
menos diez mil pesos. Si la mitad de la población vive en situación de pobreza,
y el ingreso debe de ser menor a 2,542 pesos, en una zona urbana, para ser considerado
como pobre, quiere decir que necesitas el salario de cuatro meses, sin gastar
un sólo peso, para comprar una computadora decente. Y eso es sólo una computadora que hace el
trabajo a medias. Una buena puede ir hasta doce o quince mil pesos. Y utópicamente
se debe de cambiar una computadora, cuando muy tarde, cada cinco años, por el
avance tecnológico que se realiza en tan poco tiempo.
Es decir,
para la mitad de México es completamente imposible tomar clases en línea. Ahora
para la otra mitad, existen problemas como le sucedía a la estudiante de
mercadotecnia, que compartía su computadora con su hermana. ¿Cómo va a ser
posible que tengan educación de calidad los estudiantes de México cuando se
enfrentan a situaciones así?1
Recibir
conocimientos de manera adecuada es complicado si no se tienen las condiciones
óptimas, pero ¿y quién lo otorga? Ante el cuestionamiento de si los profesores
tenían experiencia en este rubro, la respuesta fue un casi no uniforme.
Exceptuando a algunos, que más que clases habían dado cursos en línea, tuvieron
que aprender sobre la marcha junto con nosotros, y la falta de equipo para una
educación virtual de parte de los profesores es importante, por no decir
desesperanzadora. Si se tiene en cuenta que existe una población considerable
de personas mayores de 55 años dando clases en universidades, y aunque existan
excepciones extraordinarias, lo común es que entre más edad más desactualizado
estás en el aspecto tecnológico. Así que, los profesores estaban sin equipo,
sin experiencia y sin saber cómo utilizar las herramientas que tenían al
alcance.
“Sólo dos
profesores dieron la talla […] hubo profesores que desaparecieron de la nada”.
Palabras textuales de una alumna de la máxima casa de estudios del país. Y no
podemos caer en la tontería de decir ay, es que son chilangos. No, en
absoluto, supuestamente son profesores de la mejor universidad de México y ante
un problema como este fue preferible mandar trabajos esporádicos a adaptarse
para que sus alumnos pudieran adquirir el conocimiento que se podía con todo y
las limitaciones. Es lo que sucede cuando no se tiene vocación, cuando se ve al
sector educativo como un trabajo más y no como lo que es: un maestro es un
artista, afirmaba Rousseau en el Emilio hace algunos siglos, y las
personas prefieren seguir fastidiando la educación de tanta gente a buscarse
otro trabajo que no sea tan importante como lo es ser maestro.
Volviendo
un poco a las preguntas, intentaré sintetizar las respuestas de varias en una
sola. En general, los planes de todos, hablando de la población mencionada
anteriormente. fueron cancelados o pospuestos debido a la pandemia, desde
viajes familiares hasta conseguir empleos durante el verano. Si ya se despidió
a una cantidad considerable de trabajadores, estos mismos son quienes tienen
mejores posibilidades de volver a conseguir empleo que un recién egresado o un
estudiante que busca trabajo de medio tiempo. La inexperiencia es el punto
débil de todos los universitarios.
Hubo
distintas respuestas cuando pregunté qué tipo de clases habían tenido. Existen
varias personas como yo, que a duras penas hemos tenido contacto con profesores
más allá de documentos que mandan e instrucciones para trabajos. No obstante,
también hubo quien me dijo que se pasaba todo el día frente a la computadora,
como si fuera una clase normal. Por supuesto que la universidad a la que
pertenecían, reafirmando estereotipos, es privada.
Un
sentimiento de incomodidad generalizado se puede sentir en los estudiantes
cuando hablan sobre sus experiencias educativas pandémicas. No encontré a
alguien que me dijera que se sentía realmente feliz con cómo se están manejando
las situaciones, hubo inclusive a quienes se les pasó en algunas materias
porque llevaban buenas calificaciones. De nuevo, se sobrepone el número
al aprendizaje, es más importante decir que pasó todo el grupo a pesar de estar
en pandemia a que el alumno realmente aprenda algo. Sonaba una real tontería
reiniciar el semestre, pero en vista del éxito no obtenido para transmitir el
conocimiento adecuado, al menos en los casos específicos que tengo
documentados, pues la mayoría me dijeron que o no entendían los temas tratados
en las clases, los entendían antes de la pandemia y ahora ya no, se les
dificultaba más que de costumbre entenderlos o que sí los entendían, pero el
costo a pagar era una falta de atención y concentración muy importante, se
puede afirmar que este semestre ha sido a medio morir.
Copiar en
los exámenes nace del hecho de hacer que el desarrollo y aprendizaje de persona
pueda ser representada y medida con solamente números. La crisis sanitaria
únicamente potenció esto, la gente copió aún más que antes, pues además de que
era mucho más sencillo hacer trampa, desde el momento en que te representen con
los mismos símbolos con los que se representa el dinero, la educación se
convirtió en una competencia, y la competencia no es más que el inicio de
cualquier guerra. Aunque he de mencionar, pues fue muy insistente, que esta
estudiante en particular no hizo trampa en ninguno de sus exámenes, antes o
durante la pandemia. La excepción hace a la regla.
La empatía
es una virtud no encontrada en todas las personas, por ende, es entendible que
todos dijeron que, cuando menos, tuvieron un profesor que mostró realmente poca
empatía ante la pandemia. El sueño del oprimido es convertirse en el opresor,
así que no extraña esa falta de humanidad y de madre mostrada por nuestros
educadores ante una situación a nivel global. Porque podrás tener un familiar
agonizante en el hospital, tus padres muertos porque necesitaron optimizar el
equipo que tenían y llegó un imbécil más joven que se contagió por seguir
intentando curar sus traumas de la infancia con alcohol, pero por favor,
conéctate a las nueve de la mañana el lunes siguiente que tenemos examen y
apresúrate con tu ensayo, que se entregaba hace dos días y no dan justificante
médico en el imss para las
enfermedades mentales.
Y esto me
lleva a lo siguiente: la salud mental en la pandemia. A todos nos está
afectando, en mayor o menor medida. Se tornan más difíciles tareas cotidianas,
los hábitos comienzan a suponer un esfuerzo inhumano, el estrés y la
irritabilidad están en el punto más álgido, y eso que no tenemos un estado de
excepción, pero en España sí, y por muy mexicano que sea, la situación para un
estudiante universitario allá es difícil, por evitar decir otra palabra
altisonante, justamente por la cuarentena obligatoria que se implementó, como
si no tuvieran una cantidad exagerada de
personas en el paro o gente en situación de calle, pobreza y demás.
Una de las
estudiantes de Comunicación Audiovisual me describió muy detalladamente todo lo
que sentía al haber sido privada de su libertad por el confinamiento, situación
que bien pudimos haber tenido aquí en México. Una inquietud latente,
claustrofobia y una pesadez en el cuerpo y alma han sido algunas de las
sensaciones que se ha tenido por haberle obligado a vivir en esa jaula de oro.
Porque sí, será primer mundo, y harán millares de pruebas diarias, y toda la
parafernalia que ha estado haciendo el Ministerio de Sanidad, pero también no
se está tratando a las personas más que como seres humanos, sino como perros
metidos en una transportadora en un viaje interminable llamado estado de
alarma.
Entre
ataques de pánico, episodios de depresión, estrés y un hastío terrible, es más
que lógico que se esté pidiendo la dimisión del presidente Pedro Sánchez y su
gobierno. Lo culparán aún más la oposición de derecha, porque el individuo
pertenece a un partido cuya ideología política se inclina hacia la izquierda,
pero la incompetencia, la ambición desmesurada de controlar y dominar a los
demás, aunada a una falta de humanidad siempre se ha encontrado en cualquiera
de los extremos de la ideología política. Trump, Bolsonaro, López Obrador y
Sánchez han actuado de una manera patética y francamente infantil ante un
problema de gravedad internacional, han jugado con la vida de las personas a su
antojo, y debido a esto, han sido asesinos involuntarios al no haber hecho su
trabajo dirigiendo a sus países hacia la utopía que tanto promocionaban cuando
candidatos. Ni hicieron a México primer mundo, ni volvieron a América grande de
nuevo, y los cuatro representan posturas políticas de distinta inclinación, ya
sea de izquierda o derecha. Y nosotros somos los que terminamos por resentirlo,
los ciudadanos, los estudiantes.
Tener
que utilizar cierto tipo de terapia de estudio para evitar la ansiedad terrible
que corroe la mente, que los sentires más repetidos sean el pánico, el estrés,
presión y el hartazgo son las consecuencias de un gobierno penoso y ridículo.
También la pandemia ha hecho que nos hayamos sentido de este modo, pero es irrisorio
pensar que no podría haber sido menos grave si se hubieran tomado mejores
decisiones. No tendríamos otra fosa común rebosante de cadáveres con un letrero
que reza “muertos por Covid”.

Excelente radiografía de lo que ha significado la pandemia de SARSCOV2 sobretodo en los Universitarios
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