por Valeria Camacho
No
es la primera vez que el mundo nos amenaza con acabarse. En cuestión de semanas la
psicosis tomó las calles y, los más afortunados, tuvimos que protegernos dentro
de cuatro paredes y un techo. Fuimos forzados a adaptarnos a la actualidad y
aprender a usar un sinfín de plataformas para no dejar olvidado el semestre en
medio del caos, a convivir a través de una pantalla y mantenernos alejados de
los otros.
Siempre
he buscado el silencio en todas partes, que el mundo se calle por un momento y
deje el sonido blanco dominar la Tierra. Cuando finalmente ocurrió, tras el
inicio y el final de las infinitas semanas, me di cuenta de que todo lo que
necesitaba para sentirme parte del mundo real y poder diferenciarlo de lo
fantástico era eso que sabía perdido: el ruido.
La
calle en la que vivo se encontraba extrañamente silenciosa durante las primeras
semanas, predominando el ruido de los pájaros sobre la música y la risa
estruendosa de aquella vecina. Dejé la ventana abierta y no pude ignorar la
conversación iniciada por dos mujeres que, después de escuchar su voz por un
par de minutos, logro reconocer. Ambas viven en una casa con más de tres niños
que asisten a la primaria o la secundaria, no es sorpresa la naturalidad de su
tema de conversación: la escuela.
“¿Ya
no ha salido?”.
“No,
¿ahora cómo? No puedo hacer nada”.
“Me
estreso más que cuando iban a la escuela, la verdad”.
Pierdo
parte de la conversación y cambio de lugar varias veces para rescatar algunas
palabras. Lo último que escucho es lo siguiente: “En WhatsApp y en las clases
online, pero ya van a regresar, no se apure”.
Esto marca su despedida, una oración articulada con suficiente confianza
en la voz y esperanza hacia un futuro inexistente donde esta locura terminará y
ya no tendrán que ocuparse de asuntos que no les conciernen.
La
mayoría de los comentarios en el Internet sobre la situación escolar poseen la
misma energía negativa que la corta interacción entre estas dos mujeres. Molestia,
quejas, criticas y comentarios de odio hacia docentes e instituciones inundan
las redes sociales, ya sea en forma de nota en los distintos periódicos de la
ciudad o una larga publicación escrita en Facebook por una madre, un padre o un
estudiante. Parece que, uno de los grandes retos en estos meses que lucen
irreales es la educación en línea desde casa.
Durante
años he observado cómo los padres de compañeros, de familiares o de niños
uniformados que llenan las calles a ciertas horas del día, se deslindan de la
educación de sus hijos. Conciben la escuela como un aspecto totalmente independiente
donde ellos no pueden intervenir y sólo están a cargo los docentes. Un error
común ante mis ojos. Los padres, tutores o quien sea responsable por un menor
de edad, tiene, como parte de su trabajo, que participar en la vida estudiantil
de este, ser alguien presente que esté dispuesto a acompañarlo en el camino. La
mayoría de la gente no ha entendido esta parte esencial, piensan en las
maestras y maestros como una figura paterna y materna extra, que no vive con
ellos, pero se encarga de “cuidar” al niño más de cinco horas.
Hasta
ahora parecen darse cuenta de que la educación, la enseñanza, el impartir
clases, no es un trabajo sencillo. Gracias al cambio drástico y las variaciones
sufridas, alguien de la casa tiene que estar alerta para también entender y
ayudar al niño a elaborar tareas, a hacer ejercicios, a explicarle lo no
entendido. Desgraciadamente todo lo anterior genera enojo y negatividad hacia
el docente. Los más grandes también se quejan porque ya no hay una figura que
resuma la información en dos clases y lo explique de forma sencilla y
atractiva. Era de esperarse que la carga de trabajo aumentara al no tomar clase
todos los días y no asistir a conferencias o charlas.
No
siendo suficiente la información que obtuve de la conversación que escuché a
escondidas, mando un mensaje a los contactos guardados en mi teléfono celular,
pidiendo me cuenten su propia versión de la realidad. Obtengo respuesta casi
inmediata de personas que estudian carreras distintas y de otras cuyas
vidas fueron interrumpidas.
“La
verdad es que no ha sido mucho cambio para mí por la manera en que he vivido
estos dos años. […] He tenido el tiempo para hacer cosas productivas o por puro
placer, pero me ha impedido dar un gran paso en mi vida”. Ese “gran paso” significa
mudarse al sur del país en busca de una licenciatura que, después de pensarlo
durante dos años, por fin eligió. Había
decidido que este año por fin saldría de casa, pero marzo llegó y la vida
volvió a cambiar. Las fechas de exámenes de admisión y entrevistas para las
universidades se aplazaron, la psicosis se coló a nuestro país y el resto del
mundo se escondió.
“El
aislamiento indefinido ha disparado mis ataques de ansiedad, por el estrés de
la situación actual y la universidad, aunque, irónicamente, ha ayudado a que la
comunicación en mi casa fluya”. Estrés por la universidad porque para acceder a
las clases en línea necesitas contar con los medios adecuados, con un celular o
una computadora cuya cámara funcione porque es un requisito que todos vean tu
rostro para tomar asistencia, un buen servicio de Internet con una señal
estable que no falle debido a la lluvia o el viento y dinero para pagar este
servicio y otros. Estudiar una carrera que necesita más que estas cosas
básicas, como lo hace Comunicación (necesitas cámaras, programas de edición en
una computadora funcional, etcétera), se torna complicado cuando las tareas
requeridas y el sistema parecen ignorar los problemas y desventajas en las que
el estudiante podría encontrarse.
Hablar
sobre estos temas que incomodan y tratamos de esconder siempre ha sido
necesario para visibilizarlos, comprender al otro y generar empatía para
formular posibles soluciones. La educación impartida en las aulas cambió tan
rápido que nadie notó las desventajas y complicaciones que provocaría. La
escuela en línea requiere de privilegios que no están al alcance de todos,
rompe la ilusión que algunos conservan sobre la igualdad en un país como el
nuestro.
El
sistema educativo y los pocos espacios de acceso libre donde pueden realizarse
tareas, deben ser reinventados y adecuados para situaciones próximas similares
a la que hoy nos enfrentamos. Crear las medidas correctas y seguirlas al pie de
la letra es vital para que todos tengan oportunidad de acceder a una educación.
Agregado
a este problema se encuentra la disminución de ingresos dentro de familias
cuyos miembros fueron despedidos, mandados a casa bajo la orden de vacaciones
indefinidas sin goce de sueldo o comerciantes que se vieron obligados a cerrar
sus negocios. Los pocos ingresos son gastados en lo que representa prioridad o
lo que ahora ha pasado a ser prioridad, como el Internet o comprar un aparato
como una laptop o tableta de medio uso para que tu hijo o tú mismo, se
mantengan recibiendo alguna forma de educación en un mundo donde estudiar no
parece tan importante como lo son otras cosas.
El
dinero también se va en cuentas premium de plataformas de streaming para
poder dar una clase por más de cuarenta y cinco minutos y grabarla para
compartirla a otros estudiantes que se mantienen trabajando o su equipo no
permite el acceso a estas páginas o aplicaciones empleadas.
Estamos
viviendo el sueño y la pesadilla al mismo tiempo. En el siglo pasado la gente
hablaba de esta realidad futura de manera prometedora y con ansias de la
tecnología que permitiría conectarnos en segundos y ver al resto del mundo a
través de una pantalla sin salir de casa. El sueño se transformó en pesadilla
cuando nos dimos cuenta que no todos poseemos las mismas ventajas, y que todos
los días tenemos que enfrentarnos a responder la pregunta a quién dejamos morir
o a quiénes estamos dejando morir.
Los
más suertudos pueden presumir que trabajan desde casa, pero esa no es la
realidad de la mayoría del pueblo mexicano. ¿Qué podemos decir sobre los que
viven al día y no cuentan con un trabajo fijo, los de los puestos ambulantes,
los que no están afiliados a algún sistema de salud, los que no tienen casa o
dinero para comprar un cubrebocas a cada miembro de la familia, los que tienen
que elegir entre el Internet y la comida, los que salen no por diversión, sino por
necesidad?
Aunque
tratemos de forzar una idea romántica y falsa sobre quiénes son los que salen
de casa llamándolos irresponsables y sobre la comunidad y unión que la
cuarentena nos ha brindado, es difícil ignorar las situaciones pesadas y
problemáticas que nos rodean y encuentran la forma de arrastrarse hacia
nuestros oídos. Los vicios a los que hemos sido impuestos como sociedad, nos
atan a arriesgarnos cada día.
Tal
vez le fallamos a la modernidad o la modernidad nos falló a nosotros. Pero aún
tenemos la posibilidad de cambiar las cosas a partir de las experiencias que
nos brinda este encierro. La gente parece estar dándose cuenta de que el arte
es esencial en la vida del ser humano. Sin los libros, las series, el cine, la
pintura, el teatro, la danza, estar encerrados terminaría por volvernos locos.
Sobrevivimos por el arte que logra transformar nuestra percepción del mundo y nos
acompaña en los momentos de crisis.
Los
registros del arte que tenemos al alcance de nuestras manos son prueba de la creatividad que surge en tiempos oscuros. Hay
grandes historias detrás de grandes creaciones que nacieron en medio de crisis
humanitarias, que nos enseñan a seguir produciendo arte y a encontrarnos en el
otro.
Sí,
nos confiamos demasiado en que el futuro sería prospero para todos, pero le
fallamos a la modernidad, a todo lo que nos prometió y arruinamos por sed de
poder y egoísmo. Le fallamos porque no nos cansamos de repetir y compartir esa
publicación de Facebook que habla sobre la desigualdad y la discriminación que
encontramos en las clases en línea, pero pedimos tareas que se vuelven
imposibles al no conocer y negar la realidad del otro.
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