viernes, 5 de junio de 2020

Le fallamos a la modernidad

por Valeria Camacho


No es la primera vez que el mundo nos amenaza con acabarse.  En cuestión de semanas la psicosis tomó las calles y, los más afortunados, tuvimos que protegernos dentro de cuatro paredes y un techo. Fuimos forzados a adaptarnos a la actualidad y aprender a usar un sinfín de plataformas para no dejar olvidado el semestre en medio del caos, a convivir a través de una pantalla y mantenernos alejados de los otros.

Siempre he buscado el silencio en todas partes, que el mundo se calle por un momento y deje el sonido blanco dominar la Tierra. Cuando finalmente ocurrió, tras el inicio y el final de las infinitas semanas, me di cuenta de que todo lo que necesitaba para sentirme parte del mundo real y poder diferenciarlo de lo fantástico era eso que sabía perdido: el ruido.

La calle en la que vivo se encontraba extrañamente silenciosa durante las primeras semanas, predominando el ruido de los pájaros sobre la música y la risa estruendosa de aquella vecina. Dejé la ventana abierta y no pude ignorar la conversación iniciada por dos mujeres que, después de escuchar su voz por un par de minutos, logro reconocer. Ambas viven en una casa con más de tres niños que asisten a la primaria o la secundaria, no es sorpresa la naturalidad de su tema de conversación: la escuela.

“¿Ya no ha salido?”.
“No, ¿ahora cómo? No puedo hacer nada”.
“Me estreso más que cuando iban a la escuela, la verdad”.

Pierdo parte de la conversación y cambio de lugar varias veces para rescatar algunas palabras. Lo último que escucho es lo siguiente: “En WhatsApp y en las clases online, pero ya van a regresar, no se apure”.  Esto marca su despedida, una oración articulada con suficiente confianza en la voz y esperanza hacia un futuro inexistente donde esta locura terminará y ya no tendrán que ocuparse de asuntos que no les conciernen.

La mayoría de los comentarios en el Internet sobre la situación escolar poseen la misma energía negativa que la corta interacción entre estas dos mujeres. Molestia, quejas, criticas y comentarios de odio hacia docentes e instituciones inundan las redes sociales, ya sea en forma de nota en los distintos periódicos de la ciudad o una larga publicación escrita en Facebook por una madre, un padre o un estudiante. Parece que, uno de los grandes retos en estos meses que lucen irreales es la educación en línea desde casa.

Durante años he observado cómo los padres de compañeros, de familiares o de niños uniformados que llenan las calles a ciertas horas del día, se deslindan de la educación de sus hijos. Conciben la escuela como un aspecto totalmente independiente donde ellos no pueden intervenir y sólo están a cargo los docentes. Un error común ante mis ojos. Los padres, tutores o quien sea responsable por un menor de edad, tiene, como parte de su trabajo, que participar en la vida estudiantil de este, ser alguien presente que esté dispuesto a acompañarlo en el camino. La mayoría de la gente no ha entendido esta parte esencial, piensan en las maestras y maestros como una figura paterna y materna extra, que no vive con ellos, pero se encarga de “cuidar” al niño más de cinco horas.

Hasta ahora parecen darse cuenta de que la educación, la enseñanza, el impartir clases, no es un trabajo sencillo. Gracias al cambio drástico y las variaciones sufridas, alguien de la casa tiene que estar alerta para también entender y ayudar al niño a elaborar tareas, a hacer ejercicios, a explicarle lo no entendido. Desgraciadamente todo lo anterior genera enojo y negatividad hacia el docente. Los más grandes también se quejan porque ya no hay una figura que resuma la información en dos clases y lo explique de forma sencilla y atractiva. Era de esperarse que la carga de trabajo aumentara al no tomar clase todos los días y no asistir a conferencias o charlas.

No siendo suficiente la información que obtuve de la conversación que escuché a escondidas, mando un mensaje a los contactos guardados en mi teléfono celular, pidiendo me cuenten su propia versión de la realidad. Obtengo respuesta casi inmediata de personas que estudian carreras distintas y de otras cuyas vidas fueron interrumpidas.

“La verdad es que no ha sido mucho cambio para mí por la manera en que he vivido estos dos años. […] He tenido el tiempo para hacer cosas productivas o por puro placer, pero me ha impedido dar un gran paso en mi vida”. Ese “gran paso” significa mudarse al sur del país en busca de una licenciatura que, después de pensarlo durante dos años, por fin eligió.  Había decidido que este año por fin saldría de casa, pero marzo llegó y la vida volvió a cambiar. Las fechas de exámenes de admisión y entrevistas para las universidades se aplazaron, la psicosis se coló a nuestro país y el resto del mundo se escondió.

“El aislamiento indefinido ha disparado mis ataques de ansiedad, por el estrés de la situación actual y la universidad, aunque, irónicamente, ha ayudado a que la comunicación en mi casa fluya”. Estrés por la universidad porque para acceder a las clases en línea necesitas contar con los medios adecuados, con un celular o una computadora cuya cámara funcione porque es un requisito que todos vean tu rostro para tomar asistencia, un buen servicio de Internet con una señal estable que no falle debido a la lluvia o el viento y dinero para pagar este servicio y otros. Estudiar una carrera que necesita más que estas cosas básicas, como lo hace Comunicación (necesitas cámaras, programas de edición en una computadora funcional, etcétera), se torna complicado cuando las tareas requeridas y el sistema parecen ignorar los problemas y desventajas en las que el estudiante podría encontrarse.

Hablar sobre estos temas que incomodan y tratamos de esconder siempre ha sido necesario para visibilizarlos, comprender al otro y generar empatía para formular posibles soluciones. La educación impartida en las aulas cambió tan rápido que nadie notó las desventajas y complicaciones que provocaría. La escuela en línea requiere de privilegios que no están al alcance de todos, rompe la ilusión que algunos conservan sobre la igualdad en un país como el nuestro.

El sistema educativo y los pocos espacios de acceso libre donde pueden realizarse tareas, deben ser reinventados y adecuados para situaciones próximas similares a la que hoy nos enfrentamos. Crear las medidas correctas y seguirlas al pie de la letra es vital para que todos tengan oportunidad de acceder a una educación.

Agregado a este problema se encuentra la disminución de ingresos dentro de familias cuyos miembros fueron despedidos, mandados a casa bajo la orden de vacaciones indefinidas sin goce de sueldo o comerciantes que se vieron obligados a cerrar sus negocios. Los pocos ingresos son gastados en lo que representa prioridad o lo que ahora ha pasado a ser prioridad, como el Internet o comprar un aparato como una laptop o tableta de medio uso para que tu hijo o tú mismo, se mantengan recibiendo alguna forma de educación en un mundo donde estudiar no parece tan importante como lo son otras cosas.

El dinero también se va en cuentas premium de plataformas de streaming para poder dar una clase por más de cuarenta y cinco minutos y grabarla para compartirla a otros estudiantes que se mantienen trabajando o su equipo no permite el acceso a estas páginas o aplicaciones empleadas.

Estamos viviendo el sueño y la pesadilla al mismo tiempo. En el siglo pasado la gente hablaba de esta realidad futura de manera prometedora y con ansias de la tecnología que permitiría conectarnos en segundos y ver al resto del mundo a través de una pantalla sin salir de casa. El sueño se transformó en pesadilla cuando nos dimos cuenta que no todos poseemos las mismas ventajas, y que todos los días tenemos que enfrentarnos a responder la pregunta a quién dejamos morir o a quiénes estamos dejando morir.

Los más suertudos pueden presumir que trabajan desde casa, pero esa no es la realidad de la mayoría del pueblo mexicano. ¿Qué podemos decir sobre los que viven al día y no cuentan con un trabajo fijo, los de los puestos ambulantes, los que no están afiliados a algún sistema de salud, los que no tienen casa o dinero para comprar un cubrebocas a cada miembro de la familia, los que tienen que elegir entre el Internet y la comida, los que salen no por diversión, sino por necesidad?

Aunque tratemos de forzar una idea romántica y falsa sobre quiénes son los que salen de casa llamándolos irresponsables y sobre la comunidad y unión que la cuarentena nos ha brindado, es difícil ignorar las situaciones pesadas y problemáticas que nos rodean y encuentran la forma de arrastrarse hacia nuestros oídos. Los vicios a los que hemos sido impuestos como sociedad, nos atan a arriesgarnos cada día.

Tal vez le fallamos a la modernidad o la modernidad nos falló a nosotros. Pero aún tenemos la posibilidad de cambiar las cosas a partir de las experiencias que nos brinda este encierro. La gente parece estar dándose cuenta de que el arte es esencial en la vida del ser humano. Sin los libros, las series, el cine, la pintura, el teatro, la danza, estar encerrados terminaría por volvernos locos. Sobrevivimos por el arte que logra transformar nuestra percepción del mundo y nos acompaña en los momentos de crisis.

Los registros del arte que tenemos al alcance de nuestras manos son prueba de la creatividad que surge en tiempos oscuros. Hay grandes historias detrás de grandes creaciones que nacieron en medio de crisis humanitarias, que nos enseñan a seguir produciendo arte y a encontrarnos en el otro. 

Sí, nos confiamos demasiado en que el futuro sería prospero para todos, pero le fallamos a la modernidad, a todo lo que nos prometió y arruinamos por sed de poder y egoísmo. Le fallamos porque no nos cansamos de repetir y compartir esa publicación de Facebook que habla sobre la desigualdad y la discriminación que encontramos en las clases en línea, pero pedimos tareas que se vuelven imposibles al no conocer y negar la realidad del otro.

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