lunes, 8 de junio de 2020

El cuerpo en el encierro como un desdoblamiento íntimo entre la vida y el tiempo

por Anadela Ramírez Sánchez



Es extraño. Esa presencia allí en la penumbra. Ese cuerpo que quizá dentro de poco se incorporará y se irá
 caminando por la calle, una visión fugaz entre la bruma de la madrugada. 
Ese cuerpo es la primera etapa infinita.       
 Salvador Elizondo





El cuerpo en el encierro entrega su espalda a la incomodidad desierta del olvido. Se deja ir: fluye. El significado de la vida y del tiempo se evoca desde una misma lengua, desde un mismo cuerpo que es capaz de percibir la realidad a través de la razón y los sentidos. 

El cuerpo adormece, invoca el llanto de lo desconocido. Sus sentidos arden en llamas, se extinguen ante la presencia de un instante que parece eterno. Desde esta doble diversa condición carcelaria, miro; plenamente miro sin ver fuera de mí; me confundo en el sucio trasluz y me disperso en preguntas inútiles. [1]¿Con qué cara debo ver al mundo, si hace poco se mostró ante mí como una prisión en la que sólo existe la muerte?

El ser se torna sensible; se reconcilia con el olvido, con el dolor. Concibe la realidad por medio de la razón, y se exalta al vislumbrar la lucidez que le apaga. Pero es la reconciliación la que le hace descubrirse. Habita un cuerpo, se pasea por él, un cuerpo ajeno.

El cuerpo busca. Busca ese recuerdo que le hará entenderse consigo mismo. El recuerdo es un signo; lo conforma la magnitud de la vida y del tiempo… Es esa lluvia que cae en medio de la noche; es el río que choca contra las rocas; es el agua que se convierte en vino; es la capacidad de cualquier mujer, es el centro del cosmos; es el presente, el pasado, el futuro. Entonces el recuerdo no puede marchitarse.

El recuerdo puro cobra sentido frente al encierro. Ese recuerdo puro, el más insignificante, el mejor de todos, vuelve hacia nosotros como un alimento, como un favor que nos devuelven el tiempo y la memoria, y todo lo que alguna vez creíamos que estaba en medio del olvido.
Aquí está mi cuerpo, tendido sobre un techo que mis padres sostienen con tanta fuerza. Aquí está mi cuerpo, creciendo, desdoblándose en medio de un acontecimiento histórico. Aquí está mi cuerpo tratando de descubrir cómo es que los perros ladran más que nunca: deja que los perros ladren/ puede que allá afuera se esté formando un nuevo origen.

Encierro: un encuentro entre la vida y el tiempo. Un ciclo, un ir y venir. Un desdoblamiento para el alma que poco a poco desaparece. El ser anhela al mundo. Quiere recuperar la conciencia y lo que le ha sido arrebatado. Así, en un momento repentino, se genera una línea temporal que separa al tiempo del hoy y del mañana. Es una sucesión, un círculo infinito, casi indestructible.

Hay una figura que pocas veces se torna visible. Cuando nadie más habla, esa figura se oculta debajo de mi piel y explora cada ventana dentro de mi habitación: es el pensamiento. Un sonido se esconde detrás de la puerta: hay una calle deshabitada… Entonces me pregunto ¿Hacia dónde se habrán ido todos esos pasos que cada vez caminaban más y más por mis oídos? Los oigo cada vez más lejos. El ruido que abisma el encierro nace desde el eco de muchas voces que han logrado sobrevivir a una realidad, que hasta cierto punto, ha traído violencia.
                                                     *
Desde la juventud, los seres humanos aprendemos a cultivar el cuerpo por medio de la razón. Nuestro interior cobra un sentido ante el mundo: esa figura se planta sobre el presente y ve pasar la vida. Ahora, en medio de la pandemia, ser joven es ver cómo el cuerpo comienza a deteriorarse; al cuerpo no le bastan las responsabilidades de la escuela, las tareas del hogar, los noticieros falsos; no le bastan las horas perdidas frente a un computador con el teclado descompuesto; no le bastan los kilos acumulados ni las dos o tres pastillas cada doce horas… Sin embargo, hoy, en medio de tanto silencio he concebido el significado de una nueva vida, para dejar atrás a esa persona que alguna vez se paseó por mi cuerpo.

Cada persona afronta su propia razón y su propio valor ante una situación que sólo nos ataca con miedo y angustia. Por las madrugadas analizo el miedo de mi madre. Veo a través de su rostro, y flota entre nosotras un destello único que me revela la verdad: el cuerpo de Lourdes representa el valor de una mujer que ha decidido afrontar la realidad utilizando ese sexto sentido que posee.     Se planta ante el mundo como lo que es: una madre.

Poco a poco comienzo a concebir lo que oculta la vida. No logro descubrirla tanto como deseo. El desamparo se siente como una mirada al fondo de una grieta. Mi cuerpo se vuelve visible, y sólo puede expresar todo lo que le es propio. Me quedo quieta frente a una habitación vacía. Justo en el centro de la pared hay una enorme ventana que pronto acerca su tranquilidad apacible. El viento arrebata la brisa cálida del momento: ahí solo cabe un encuentro íntimo entre el cuerpo, la vida, la realidad y la razón.

Todas estas palabras caben en mí como un reflejo de mi verdadero yo: mi rostro en el espejo: mis ojos inmóviles, mi piel oxidada y la turbia tempestad de mis cabellos. [2] El pasado pasa a ser parte del olvido, pasa a ser la simple melancolía de un recuerdo grisáceo que a veces me trae la noche, cuando sólo pienso en el andar de los otros. El recuerdo habita en el olvido y el olvido perfecciona el recuerdo. [3]

Soy un templo entre las ruinas de una ciudad que se ha secado en llamas: me ha consumido una llamarada púrpura que sólo incendia a los más débiles. Mi cuerpo se ha acostumbrado a vivir entre tanto silencio, que ni siquiera ha sido capaz de percibir lo poco que le falta para convertirse en una sensación pura. Ahora, el cuerpo tendrá que reencontrarse con los suyos, con la eficacia del lenguaje humano.

Mi pensamiento comprende una a una las emociones; sueña y siente a la vez, sin siquiera esperar a que el tiempo le devuelva lo que es suyo. El cuerpo en el encierro como un desdoblamiento íntimo entre la vida y el tiempo me conduce por una vía transparente en la que sólo se puede cruzar si conduces por el lado correcto. Eso sí, una vez que se atraviesa la vía debe acostumbrarse al tacto de una realidad que nunca antes ha sido poblada. La realidad a la que he tenido que enfrentarme me aterra; toca a mi ventana cada noche, y me devuelve las consecuencias de haber nacido con los ojos abiertos.

Les he preguntado a los que ahora habitan en mí, cuál es esa palabra, cuál es ese término que responde a un sinfín de interrogantes. ¿De qué se trata? ¿Qué significa esta situación tan repentina? Para mi madre, todo esto se trata de aprender a quererse un poco más; quererse a uno mismo, querer a la familia, hacer que el cuerpo no recaiga delante de un momento desconocido; para mi padre, sólo es cuestión de tener fe; de confiar en las autoridades. Cuidarse, cuidar la salud de nuestros cuerpos, y no dejar, bajo ninguna circunstancia, de creer en Dios.

Todas las tardes, mi padre se pasea por las casas de la colonia. Gira, gira y gira rápido en la misma dirección para no ser alcanzado por la verdad. A él no le importa lo que digan en los noticieros, a él le importa lo que cada noche le revelen sus sueños, aunque tengan que manifestarse ante él como la sombra de un cuerpo flotando en la inmensa nada.

¿Qué importa más que la respuesta a todos los significados de la vida y el tiempo? Importan la salud, los buenos actos, la solidaridad. Importa el tiempo que de ahora en adelante vamos a disfrutar hasta el cansancio. Importa el hogar donde reposa nuestra calma. Importan todas esas tardes cuando nos reímos de forma (in)voluntaria. Importa la intimidad de dos cuerpos conociéndose por primera vez.

Las palabras no saben cómo pronunciarse ante un momento único, real. Todos comprenden la situación a su manera. Sería imposible descubrir lo que siente cada individuo. Como experiencia personal sólo puedo decir lo siguiente:

Mi cuerpo en el encierro se ha nutrido a través de la escritura. Sea buena o sea mala, ha sido la única forma de encontrar un pequeño hueco que me acerca un poco más a la verdad. Escribir es lo que me mantiene con los pies en la tierra, afrontando lo que jamás se ha previsto. Este cuerpo es ahora una fuente vívida de luz y calor que ha venido a sobrevivir por lo menos una unidad mínima de tiempo.

Pocas veces aprendo a valorar el presente y la vida que me fue dada. Pocas veces aprendo a valorar a los otros. No hay nada como descubrir que el cuerpo, la voz y el pensamiento son capaces de nutrirse desde la cercanía de los otros. Aprender de otro cuerpo se trata de descubrir la realidad por medio de las emociones.
Nos concebimos el uno con el otro, nos concebimos en una oscuridad que yo recuerdo como impregnada de luz. Quiero llamar a esto, vida. Pero no puedo llamarla vida hasta que no empezamos a movernos más allá de este círculo secreto de fuego donde nuestros cuerpos son sombras gigantes, lanzados en la pared donde la noche inicia nuestra oscuridad interior, y duerme como una bestia muda, la cabeza sobre las patas, en el rincón. (Adrienne Rich, orígenes e historia de la conciencia)


[1] Antonio Gamoneda, La prisión transparente, 2016.
[2] Ídem.
[3] Íbidem

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