Es
extraño. Esa presencia allí en la penumbra. Ese cuerpo que quizá dentro de poco
se incorporará y se irá
caminando por la calle, una visión fugaz entre la bruma
de la madrugada.
Ese cuerpo es la primera etapa infinita.
Salvador
Elizondo
El cuerpo en el encierro entrega su espalda
a la incomodidad desierta del olvido. Se deja ir: fluye. El significado de la
vida y del tiempo se evoca desde una
misma lengua, desde un mismo cuerpo
que es capaz de percibir la realidad a través de la razón y los sentidos.
El cuerpo adormece, invoca el llanto de lo
desconocido. Sus sentidos arden en llamas, se extinguen ante la presencia de un
instante que parece eterno. Desde esta
doble diversa condición carcelaria, miro; plenamente miro sin ver fuera de mí;
me confundo en el sucio trasluz y me disperso en preguntas inútiles. [1]¿Con qué cara debo ver al
mundo, si hace poco se mostró ante mí como una prisión en la que sólo existe la
muerte?
El ser
se torna sensible; se reconcilia con el olvido, con el dolor. Concibe la
realidad por medio de la razón, y se exalta al vislumbrar la lucidez que le apaga.
Pero es la reconciliación la que le hace descubrirse. Habita un cuerpo, se pasea por él, un cuerpo ajeno.
El cuerpo busca. Busca ese recuerdo que le
hará entenderse consigo mismo. El recuerdo es un signo; lo conforma la magnitud
de la vida y del tiempo… Es esa lluvia que cae en medio de la noche; es el río que choca
contra las rocas; es el agua que se convierte en vino; es la capacidad de
cualquier mujer, es el centro del cosmos; es el presente, el pasado, el futuro.
Entonces el recuerdo no puede marchitarse.
El
recuerdo puro cobra sentido frente al encierro.
Ese recuerdo puro, el más insignificante, el mejor de todos, vuelve hacia
nosotros como un alimento, como un favor que nos devuelven el tiempo y la
memoria, y todo lo que alguna vez creíamos que estaba en medio del olvido.
Aquí
está mi cuerpo, tendido sobre un
techo que mis padres sostienen con tanta fuerza. Aquí está mi cuerpo, creciendo, desdoblándose en
medio de un acontecimiento histórico. Aquí está mi cuerpo tratando de descubrir cómo es que los perros ladran más que
nunca: deja que los perros ladren/ puede
que allá afuera se esté formando un nuevo origen.
Encierro:
un encuentro entre la vida y el tiempo. Un ciclo, un ir y venir. Un desdoblamiento
para el alma que poco a poco desaparece. El ser anhela al mundo. Quiere
recuperar la conciencia y lo que le ha sido arrebatado. Así, en un momento
repentino, se genera una línea temporal que separa al tiempo del hoy y del mañana. Es una sucesión, un círculo infinito,
casi indestructible.
Hay
una figura que pocas veces se torna visible. Cuando nadie más habla, esa figura
se oculta debajo de mi piel y explora cada ventana dentro de mi habitación: es
el pensamiento. Un sonido se esconde detrás de la puerta: hay una calle
deshabitada… Entonces me pregunto ¿Hacia dónde se habrán ido todos esos pasos
que cada vez caminaban más y más por mis oídos? Los oigo cada vez más lejos. El
ruido que abisma el encierro nace desde el eco de muchas voces que han logrado
sobrevivir a una realidad, que hasta cierto punto, ha traído violencia.
*
Desde
la juventud, los seres humanos aprendemos a cultivar el cuerpo por medio de la razón. Nuestro
interior cobra un sentido ante el mundo: esa figura se planta sobre el presente
y ve pasar la vida. Ahora, en medio
de la pandemia, ser joven es ver cómo el cuerpo
comienza a deteriorarse; al cuerpo no le bastan las responsabilidades de la
escuela, las tareas del hogar, los noticieros falsos; no le bastan las horas
perdidas frente a un computador con el teclado descompuesto; no le bastan los
kilos acumulados ni las dos o tres pastillas cada doce horas… Sin embargo, hoy,
en medio de tanto silencio he concebido el significado de una nueva vida, para
dejar atrás a esa persona que alguna vez se paseó por mi cuerpo.
Cada
persona afronta su propia razón y su propio valor ante una situación que sólo
nos ataca con miedo y angustia. Por las madrugadas analizo el miedo de mi
madre. Veo a través de su rostro, y flota entre nosotras un destello único que
me revela la verdad: el cuerpo de
Lourdes representa el valor de una mujer que ha decidido afrontar la realidad
utilizando ese sexto sentido que posee.
Se planta ante el mundo como lo
que es: una madre.
Poco a
poco comienzo a concebir lo que oculta la vida.
No logro descubrirla tanto como deseo. El desamparo se siente como una mirada
al fondo de una grieta. Mi cuerpo se
vuelve visible, y sólo puede expresar todo lo que le es propio. Me quedo quieta
frente a una habitación vacía. Justo en el centro de la pared hay una enorme
ventana que pronto acerca su tranquilidad apacible. El viento arrebata la brisa
cálida del momento: ahí solo cabe un encuentro íntimo entre el cuerpo, la vida, la realidad y la razón.
Todas
estas palabras caben en mí como un reflejo de mi verdadero yo: mi rostro en el espejo: mis ojos
inmóviles, mi piel oxidada y la turbia tempestad de mis cabellos. [2] El pasado pasa a ser parte
del olvido, pasa a ser la simple melancolía de un recuerdo grisáceo que a veces
me trae la noche, cuando sólo pienso en el andar de los otros. El recuerdo habita en el olvido y el olvido
perfecciona el recuerdo. [3]
Soy un
templo entre las ruinas de una ciudad que se ha secado en llamas: me ha
consumido una llamarada púrpura que sólo incendia a los más débiles. Mi cuerpo se ha acostumbrado a vivir entre
tanto silencio, que ni siquiera ha sido capaz de percibir lo poco que le falta
para convertirse en una sensación pura. Ahora, el cuerpo tendrá que reencontrarse con los suyos, con la eficacia del
lenguaje humano.
Mi
pensamiento comprende una a una las emociones; sueña y siente a la vez, sin
siquiera esperar a que el tiempo le
devuelva lo que es suyo. El cuerpo en
el encierro como un desdoblamiento íntimo entre la vida y el tiempo me
conduce por una vía transparente en la que sólo se puede cruzar si conduces por
el lado correcto. Eso sí, una vez que se atraviesa la vía debe acostumbrarse al
tacto de una realidad que nunca antes ha sido poblada. La realidad a la que he
tenido que enfrentarme me aterra; toca a mi ventana cada noche, y me devuelve
las consecuencias de haber nacido con los ojos abiertos.
Les he
preguntado a los que ahora habitan en mí, cuál es esa palabra, cuál es ese término
que responde a un sinfín de interrogantes. ¿De qué se trata? ¿Qué significa
esta situación tan repentina? Para mi madre, todo esto se trata de aprender a
quererse un poco más; quererse a uno mismo, querer a la familia, hacer que el cuerpo no recaiga delante de un momento
desconocido; para mi padre, sólo es cuestión de tener fe; de confiar en las
autoridades. Cuidarse, cuidar la salud de nuestros cuerpos, y no dejar, bajo ninguna circunstancia, de creer en Dios.
Todas
las tardes, mi padre se pasea por las casas de la colonia. Gira, gira y gira
rápido en la misma dirección para no ser alcanzado por la verdad. A él no le
importa lo que digan en los noticieros, a él le importa lo que cada noche le
revelen sus sueños, aunque tengan que manifestarse ante él como la sombra de un
cuerpo flotando en la inmensa nada.
¿Qué
importa más que la respuesta a todos los significados de la vida y el tiempo? Importan la salud, los buenos actos, la solidaridad.
Importa el tiempo que de ahora en
adelante vamos a disfrutar hasta el cansancio. Importa el hogar donde reposa
nuestra calma. Importan todas esas tardes cuando nos reímos de forma
(in)voluntaria. Importa la intimidad de dos cuerpos
conociéndose por primera vez.
Las
palabras no saben cómo pronunciarse ante un momento único, real. Todos
comprenden la situación a su manera. Sería imposible descubrir lo que siente
cada individuo. Como experiencia personal sólo puedo decir lo siguiente:
Mi cuerpo en el encierro se ha nutrido a
través de la escritura. Sea buena o sea mala, ha sido la única forma de
encontrar un pequeño hueco que me acerca un poco más a la verdad. Escribir es
lo que me mantiene con los pies en la tierra, afrontando lo que jamás se ha
previsto. Este cuerpo es ahora una
fuente vívida de luz y calor que ha venido a sobrevivir por lo menos una unidad
mínima de tiempo.
Pocas
veces aprendo a valorar el presente y la vida que me fue dada. Pocas veces
aprendo a valorar a los otros. No hay nada como descubrir que el cuerpo, la voz y el pensamiento son
capaces de nutrirse desde la cercanía de los otros. Aprender de otro cuerpo se trata de descubrir la realidad
por medio de las emociones.
Nos concebimos el uno con el otro, nos concebimos en una
oscuridad que yo recuerdo como impregnada de luz. Quiero llamar a esto, vida.
Pero no puedo llamarla vida hasta que no empezamos a movernos más allá de este
círculo secreto de fuego donde nuestros cuerpos son sombras gigantes, lanzados
en la pared donde la noche inicia nuestra oscuridad interior, y duerme como una
bestia muda, la cabeza sobre las patas, en el rincón. (Adrienne Rich, orígenes
e historia de la conciencia)

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