martes, 9 de junio de 2020

Malwares de la educación

por Luis Daniel Luna Rivera 


Cuando no se tiene a dónde ir, lo mejor es refugiarse en el centro de uno mismo. Navegar por las dudas y hacerles frente a las inquietudes. Un millón de ideas recorren mi cabeza en estos días, y el tiempo avanza despacio cuando es prisionero de nuestra mente. En este momento presenciamos un paradigma de nuestra época, somos testigos de un evento global que desestabiliza lo que creíamos efectivo. ¿Será diferente la realidad cuando volvamos a salir? ¿Qué habrá cambiado en nosotros después del confinamiento?

Tiempo atrás, el historiador británico Arnold Toynbee con base en su experiencia como profesor investigador de la Universidad de Londres construyó una idea respecto a la evolución histórica de ser humano, la cual desarrolló a lo largo de los años que estuvo trabajando como especialista en asuntos internacionales. Dicha teoría afirma que la Historia universal, la historia escrita por el hombre, no es más que un equilibrio entre el desafío y la respuesta. Cuanto mayor es el reto, más juiciosa debe ser su objeción.

Hoy este escenario tomó por sorpresa al mayor parte de las personas porque, aunque era un diagnostico previsto hace años, la falta de información y de conciencia humana cobró la vida de millones de hombres, mujeres y niños alrededor del mundo. Se abandonaron las calles, los parques y las plazas, se cambiaron las risas por cubrebocas, los abrazos por gel antibacterial y la libertad por el miedo. Ahora más que nunca estamos solos, en el silencio de cuatro paredes a la cuales no nos terminamos por acostumbrar.

Como estudiante universitario desfilan por mi mente cientos de preguntas sobre la estabilidad humana, las limitaciones sociales y la incomprensible conducta de las personas. Ninguna de estas cuestiones parece tener una respuesta directa. Además, como alumno de letras españolas me sorprende la inmensidad de los problemas antes desapercibidos que salen a flote con esta situación. El ejemplo más claro es la supervivencia de la oferta educativa en sus dos vertientes.

Profesor y alumno están tejidos al centro de dicha dificultad. Mientras que las tareas se acumulan y las planeaciones se estancan, la lucha sigue y el enfrentamiento interno en cada representante de ambos grupos permanece hasta la entrega del último reporte. Sin importar si es adentro o afuera las obligaciones continúan y cuando no hay una evidencia directa se piensa, de manera errónea, que el esfuerzo no es suficiente.

La reflexión lleva a la nostalgia, el deseo de regresar a los días normales con profesores y alumnos en el mismo espacio. Cual náufragos anhelamos la interacción humana pues la única respuesta de nuestras cuestiones sigue siendo la misma pantalla sin ningún parecido con el pizarrón. El futuro nunca estuvo en la tecnología, el hecho es que un maestro sigue siendo necesario a pesar de los cientos de opciones digitales.

La figura del docente sobrevive como uno de los pilares de la formación de los niños y jóvenes de este país. En casa existen padres enfrentándose a la difícil tarea de enseñar a sus hijos, desde la regulación de la conducta hasta el acceso a las herramientas necesarias para el nivel cursado antes de la pandemia. Por lo anterior, han salido al público una serie de debates sobre la permanencia de este personaje en el constructo social y este periodo de aislamiento es la respuesta que tanto se buscaba.

Un maestro es más que una imagen de autoridad limitada a un salón de clases, trasciende en la carga afectiva de sus alumnos a donde sea que ellos se dirijan. Prueba de ello es la necesidad de las familias por contar con su presencia virtual para el control de sus integrantes. Solicitud presente en la mayoría de los sectores privados donde la atención de los alumnos, niños en específico, corre únicamente a cargo de los profesores y personas externas al hogar.

Sumado a la idea anterior, existe la facultad exigida por el nuevo modelo educativo de que cada profesor como facilitador se haga presente en el acceso de conocimientos en sus alumnos. Esta función se expone con mayor firmeza en estos momentos. Por un lado, tenemos frente a nosotros la mayor fuente de información posible, sin embargo, su aprovechamiento es ajeno a esa cantidad de beneficios que ofrece. Lo que provoca la necesidad de la experiencia de nuestros docentes.

Propuestas anticipadas como el Proyecto Alternativo de Educación o los canales de YouTube educativos recién abiertos son un claro manifiesto de que la educación se reinventa para cubrir, en la medida de lo posible, las exigencias de la sociedad futura. Lo anterior dignifica el reconocimiento a los profesores, maestras y educadores que sin estar preparados todos los días se enfrentan a esta constante transformación. Evolución que hoy vivimos los estudiantes sin importar el grado o la posición social.

Las clases en línea presentan rasgos tanto positivos como negativos. Dentro de sus beneficios tenemos la oportunidad de llevar una interacción discreta que favorece a la participación proporcionándoles a las personas un espacio desde el cual se sienten cómodos. La característica mencionada de esta nueva modalidad también enriquece el uso del tiempo adecuado a la necesidad del alumno llevando a cada uno a aprender a su propio ritmo. Lamentablemente, coexisten con estos argumentos descompensaciones en su ejecución.

La desventaja más significativa de los cursos online es la ausencia de interacción con otras personas. Una educación individual exige aprender desde una pantalla, y tomarla como única opción es complicado pues genera problemas de ansiedad, estrés o dolores de cabeza y espalada. Estar tanto tiempo sentado requiere de mucha diciplina sobre todo si se toma la responsabilidad de ser guía de la adquisición de tus propios conocimientos los cuales deben acercarte a tus objetivos.

En conclusión, a este punto, los cursos en línea ya no son una novedad en nuestro sistema educativo. No obstante, su efectividad no contempla la complicación que presentan algunas materias y olvida tomar en cuenta las situaciones que viven los estudiantes en sus diferentes grados. La educación presencial seguirá sobreviviendo como la solución más completa. Aunque es probable que a raíz de esta pandemia la educación en línea tomará mayor presencia en la cotidianidad de educadores y educandos alrededor del mundo.

Al vivir una crisis inédita debemos de valorar los servicios que cada oficio cubre día con día. La red social en la que vivimos funciona porque cada uno de nosotros hace lo que le corresponde. Ninguna actividad es sustituible en la esencia de su labor. Probablemente la tecnología nos ha rebasado de muchas maneras, pero solo existe una criatura capaz de ser humano, y esos somos nosotros. Educadores, médicos, obreros y repartidores, juntos nos necesitamos.

Para la universidad no es diferente. En ella se encuentran una enorme cantidad de vertientes al respecto de la función y la efectividad de la oferta educativa virtual desde que empezó la cuarentena en nuestro estado. Como nivel superior las materias son complicadas de entender sin la ayuda presencial completa, y en el esfuerzo por llevar a cada compañero la información necesaria nos encontramos con diferentes respuestas en la interacción profesor-plataforma-alumno. 

Las clases en línea son complicadas, debes depender completamente de los medios para acceder a ellas y parcialmente necesitas del conocimiento para saberlas aprovechar. El tiempo y el espacio no siempre son los adecuados, las situaciones externas que se complican por eso  impiden sentirse seguro respecto el resultado de cualquier tarea. Se desconoce el destino de cada archivo enviado y el efecto final de nuestro encuentro con los ordinarios.

En lo personal uno de los retos más difíciles en esta cuarentena ha sido poder concentrarme para escribir y resolver cada actividad que se nos pedía. Una lucha interna tenía lugar en mí cada amanecer. Me inquietaba la incertidumbre del futuro y de los cientos de cosas que iban a cambiar. Un evento sin precedentes estaba tomando forma en la época, hasta ahora, de mayor compromiso en mi vida. ¿Tiene algún sentido seguir como si todo fuera a regresar a la normalidad?

El exterior era difícil antes de la pandemia, pero ahora el entorno es más complejo. La fragilidad de la supervivencia humana nos enseñó los límites de nuestras capacidades, y las deficiencias de las decisiones tomadas hasta ahora. Las implicaciones del nuevo estilo de vida de las personas marcarán el paso del desarrollo de todas las futuras actividades. El cambio es inminente, sobre todo si se espera un óptimo desarrollo social.  

Maestros sin alumnos, fabricas sin obreros, comercios sin clientes, son parte del nuevo orden que se ha instalado en el cotidiano. Los servicios no se distribuirán con la facilidad hasta ahora conocida, habrá filas más largas y menos espacio disponible. No obstante, igual que hoy en otros momentos de la Historia han existido epidemias que representaron un desafío inminente provocando una respuesta frente a una prometedora solución. Lo más arduo está por venir.

La Gran Epidemia de la primavera del 542, la Peste Negra en 1347, Las epidemias Mesoamericanas antes de 1520 y La Gripe Española un siglo atrás fueron crisis que provocaron cambios climáticos, estancamiento administrativo, fuertes pérdidas económicas, desastres sociales y decesos significativos en sus diferentes épocas. Para cada una el distanciamiento social, las medias de higiene y el fortalecimiento del sector salud se volvieron prioridad sobre los debates acerca de la dignidad de la población no preparada para nuevas infecciones. 

Pasada la crisis en cada momento señalado, surgieron políticas más eficaces sobre la higiene y la responsabilidad urbanista en grandes concentraciones humanas, hubo cambios geopolíticos, divulgación de humanismo, tecnología sofisticada y la inversión de grandes recursos para la investigación médica. Con un poco de esperanza es posible que estos ejemplos puedan trazar el camino a seguir después de la cuarentena. Una epidemia es un reto social e individual para encontrar la solución a la altura de nuestra capacidad de progreso.

La responsabilidad está en cada uno de nosotros, los gobiernos y las autoridades planean, pero son las personas las que deciden si hacer valer estos meses en aislamiento. Se debe reinventar las normas de convivencia social si en algún momento esperamos regresar a esos días antes del coronavirus. Los exámenes, las tareas y ejercicios no tienen sentido por sí solos, nosotros como estudiantes decidimos si cada hora invertida formará parte de los beneficios cuando crucemos el umbral de nuestras casas.

Es tiempo de meditar, de encontrarnos con esa persona a la que descuidamos la mayoría del tiempo, busquemos en nosotros mismos y enfoquémonos en curar la soledad que llevamos dentro. No se trata de regresar, sino de ser mejores. Cuidar de nuestra salud y del tiempo. La esperanza no está en vivir más, no es aislarte en la rutina. Si queremos vivir, vivamos la vida y no gastemos los años que nos quedan en ella.

Cuando nos encontremos en las calles o en las plazas, meditemos sobre lo que hacemos día con día. Es obvio que no podemos vivir en la individualidad. Estamos conectados, lo que sucede en un país lejano puede afectar al vecindario donde vivimos. Ninguna acción es aislada y cada decisión involucra cambios. Cuidemos de nosotros mismos, valoremos a los doctores, a los maestros, compañeros y estudiantes. No estamos solos y la mejor vacuna es el cambio de podemos generar.  

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