Cuando
no se tiene a dónde ir, lo mejor es refugiarse en el centro de uno mismo.
Navegar por las dudas y hacerles frente a las inquietudes. Un millón de ideas
recorren mi cabeza en estos días, y el tiempo avanza despacio cuando es
prisionero de nuestra mente. En este momento presenciamos un paradigma de
nuestra época, somos testigos de un evento global que desestabiliza lo que
creíamos efectivo. ¿Será diferente la realidad cuando volvamos a salir? ¿Qué
habrá cambiado en nosotros después del confinamiento?
Tiempo
atrás, el historiador británico Arnold Toynbee con base en su experiencia como
profesor investigador de la Universidad de Londres construyó una idea respecto
a la evolución histórica de ser humano, la cual desarrolló a lo largo de los
años que estuvo trabajando como especialista en asuntos internacionales. Dicha
teoría afirma que la Historia universal, la historia escrita por el hombre, no
es más que un equilibrio entre el desafío y la respuesta. Cuanto mayor es el
reto, más juiciosa debe ser su objeción.
Hoy
este escenario tomó por sorpresa al mayor parte de las personas porque, aunque
era un diagnostico previsto hace años, la falta de información y de conciencia
humana cobró la vida de millones de hombres, mujeres y niños alrededor del
mundo. Se abandonaron las calles, los parques y las plazas, se cambiaron las
risas por cubrebocas, los abrazos por gel antibacterial y la libertad por el
miedo. Ahora más que nunca estamos solos, en el silencio de cuatro paredes a la
cuales no nos terminamos por acostumbrar.
Como
estudiante universitario desfilan por mi mente cientos de preguntas sobre la
estabilidad humana, las limitaciones sociales y la incomprensible conducta de
las personas. Ninguna de estas cuestiones parece tener una respuesta directa. Además,
como alumno de letras españolas me sorprende la inmensidad de los problemas antes
desapercibidos que salen a flote con esta situación. El ejemplo más claro es la
supervivencia de la oferta educativa en sus dos vertientes.
Profesor
y alumno están tejidos al centro de dicha dificultad. Mientras que las tareas
se acumulan y las planeaciones se estancan, la lucha sigue y el enfrentamiento
interno en cada representante de ambos grupos permanece hasta la entrega del último
reporte. Sin importar si es adentro o afuera las obligaciones continúan y
cuando no hay una evidencia directa se piensa, de manera errónea, que el
esfuerzo no es suficiente.
La
reflexión lleva a la nostalgia, el deseo de regresar a los días normales con
profesores y alumnos en el mismo espacio. Cual náufragos anhelamos la
interacción humana pues la única respuesta de nuestras cuestiones sigue siendo
la misma pantalla sin ningún parecido con el pizarrón. El futuro nunca estuvo
en la tecnología, el hecho es que un maestro sigue siendo necesario a pesar de
los cientos de opciones digitales.
La
figura del docente sobrevive como uno de los pilares de la formación de los
niños y jóvenes de este país. En casa existen padres enfrentándose a la difícil
tarea de enseñar a sus hijos, desde la regulación de la conducta hasta el
acceso a las herramientas necesarias para el nivel cursado antes de la
pandemia. Por lo anterior, han salido al público una serie de debates sobre la
permanencia de este personaje en el constructo social y este periodo de
aislamiento es la respuesta que tanto se buscaba.
Un
maestro es más que una imagen de autoridad limitada a un salón de clases,
trasciende en la carga afectiva de sus alumnos a donde sea que ellos se
dirijan. Prueba de ello es la necesidad de las familias por contar con su
presencia virtual para el control de sus integrantes. Solicitud presente en la
mayoría de los sectores privados donde la atención de los alumnos, niños en específico,
corre únicamente a cargo de los profesores y personas externas al hogar.
Sumado
a la idea anterior, existe la facultad exigida por el nuevo modelo educativo de
que cada profesor como facilitador se haga presente en el acceso de
conocimientos en sus alumnos. Esta función se expone con mayor firmeza en estos
momentos. Por un lado, tenemos frente a nosotros la mayor fuente de información
posible, sin embargo, su aprovechamiento es ajeno a esa cantidad de beneficios
que ofrece. Lo que provoca la necesidad de la experiencia de nuestros docentes.
Propuestas
anticipadas como el Proyecto Alternativo de Educación o los canales de YouTube
educativos recién abiertos son un claro manifiesto de que la educación se
reinventa para cubrir, en la medida de lo posible, las exigencias de la
sociedad futura. Lo anterior dignifica el reconocimiento a los profesores, maestras
y educadores que sin estar preparados todos los días se enfrentan a esta constante
transformación. Evolución que hoy vivimos los estudiantes sin importar el grado
o la posición social.
Las
clases en línea presentan rasgos tanto positivos como negativos. Dentro de sus
beneficios tenemos la oportunidad de llevar una interacción discreta que
favorece a la participación proporcionándoles a las personas un espacio desde
el cual se sienten cómodos. La característica mencionada de esta nueva
modalidad también enriquece el uso del tiempo adecuado a la necesidad del
alumno llevando a cada uno a aprender a su propio ritmo. Lamentablemente,
coexisten con estos argumentos descompensaciones en su ejecución.
La
desventaja más significativa de los cursos online es la ausencia de interacción
con otras personas. Una educación individual exige aprender desde una pantalla,
y tomarla como única opción es complicado pues genera problemas de ansiedad,
estrés o dolores de cabeza y espalada. Estar tanto tiempo sentado requiere de
mucha diciplina sobre todo si se toma la responsabilidad de ser guía de la
adquisición de tus propios conocimientos los cuales deben acercarte a tus
objetivos.
En
conclusión, a este punto, los cursos en línea ya no son una novedad en nuestro
sistema educativo. No obstante, su efectividad no contempla la complicación que
presentan algunas materias y olvida tomar en cuenta las situaciones que viven
los estudiantes en sus diferentes grados. La educación presencial seguirá
sobreviviendo como la solución más completa. Aunque es probable que a raíz de
esta pandemia la educación en línea tomará mayor presencia en la cotidianidad
de educadores y educandos alrededor del mundo.
Al
vivir una crisis inédita debemos de valorar los servicios que cada oficio cubre
día con día. La red social en la que vivimos funciona porque cada uno de
nosotros hace lo que le corresponde. Ninguna actividad es sustituible en la
esencia de su labor. Probablemente la tecnología nos ha rebasado de muchas
maneras, pero solo existe una criatura capaz de ser humano, y esos somos
nosotros. Educadores, médicos, obreros y repartidores, juntos nos necesitamos.
Para
la universidad no es diferente. En ella se encuentran una enorme cantidad de
vertientes al respecto de la función y la efectividad de la oferta educativa
virtual desde que empezó la cuarentena en nuestro estado. Como nivel superior
las materias son complicadas de entender sin la ayuda presencial completa, y en
el esfuerzo por llevar a cada compañero la información necesaria nos
encontramos con diferentes respuestas en la interacción
profesor-plataforma-alumno.
Las
clases en línea son complicadas, debes depender completamente de los medios
para acceder a ellas y parcialmente necesitas del conocimiento para saberlas
aprovechar. El tiempo y el espacio no siempre son los adecuados, las
situaciones externas que se complican por eso impiden sentirse seguro respecto el resultado
de cualquier tarea. Se desconoce el destino de cada archivo enviado y el efecto
final de nuestro encuentro con los ordinarios.
En
lo personal uno de los retos más difíciles en esta cuarentena ha sido poder
concentrarme para escribir y resolver cada actividad que se nos pedía. Una
lucha interna tenía lugar en mí cada amanecer. Me inquietaba la incertidumbre
del futuro y de los cientos de cosas que iban a cambiar. Un evento sin precedentes
estaba tomando forma en la época, hasta ahora, de mayor compromiso en mi vida. ¿Tiene
algún sentido seguir como si todo fuera a regresar a la normalidad?
El
exterior era difícil antes de la pandemia, pero ahora el entorno es más complejo.
La fragilidad de la supervivencia humana nos enseñó los límites de nuestras
capacidades, y las deficiencias de las decisiones tomadas hasta ahora. Las
implicaciones del nuevo estilo de vida de las personas marcarán el paso del
desarrollo de todas las futuras actividades. El cambio es inminente, sobre todo
si se espera un óptimo desarrollo social.
Maestros
sin alumnos, fabricas sin obreros, comercios sin clientes, son parte del nuevo
orden que se ha instalado en el cotidiano. Los servicios no se distribuirán con
la facilidad hasta ahora conocida, habrá filas más largas y menos espacio
disponible. No obstante, igual que hoy en otros momentos de la Historia han
existido epidemias que representaron un desafío inminente provocando una
respuesta frente a una prometedora solución. Lo más arduo está por venir.
La
Gran Epidemia de la primavera del 542, la Peste Negra en 1347, Las epidemias
Mesoamericanas antes de 1520 y La Gripe Española un siglo atrás fueron crisis
que provocaron cambios climáticos, estancamiento administrativo, fuertes
pérdidas económicas, desastres sociales y decesos significativos en sus
diferentes épocas. Para cada una el distanciamiento social, las medias de
higiene y el fortalecimiento del sector salud se volvieron prioridad sobre los
debates acerca de la dignidad de la población no preparada para nuevas
infecciones.
Pasada
la crisis en cada momento señalado, surgieron políticas más eficaces sobre la
higiene y la responsabilidad urbanista en grandes concentraciones humanas, hubo
cambios geopolíticos, divulgación de humanismo, tecnología sofisticada y la inversión
de grandes recursos para la investigación médica. Con un poco de esperanza es
posible que estos ejemplos puedan trazar el camino a seguir después de la
cuarentena. Una epidemia es un reto social e individual para encontrar la
solución a la altura de nuestra capacidad de progreso.
La
responsabilidad está en cada uno de nosotros, los gobiernos y las autoridades
planean, pero son las personas las que deciden si hacer valer estos meses en
aislamiento. Se debe reinventar las normas de convivencia social si en algún
momento esperamos regresar a esos días antes del coronavirus. Los
exámenes, las tareas y ejercicios no tienen sentido por sí solos, nosotros como
estudiantes decidimos si cada hora invertida formará parte de los beneficios
cuando crucemos el umbral de nuestras casas.
Es
tiempo de meditar, de encontrarnos con esa persona a la que descuidamos la
mayoría del tiempo, busquemos en nosotros mismos y enfoquémonos en curar la
soledad que llevamos dentro. No se trata de regresar, sino de ser mejores.
Cuidar de nuestra salud y del tiempo. La esperanza no está en vivir más, no es
aislarte en la rutina. Si queremos vivir, vivamos la vida y no gastemos los
años que nos quedan en ella.
Cuando
nos encontremos en las calles o en las plazas, meditemos sobre lo que hacemos
día con día. Es obvio que no podemos vivir en la individualidad. Estamos
conectados, lo que sucede en un país lejano puede afectar al vecindario donde
vivimos. Ninguna acción es aislada y cada decisión involucra cambios. Cuidemos
de nosotros mismos, valoremos a los doctores, a los maestros, compañeros y
estudiantes. No estamos solos y la mejor vacuna es el cambio de podemos
generar.

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